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Editorial |

El niño de la bandera celeste y blanca

Argentina pasó a la final a fuerza de penaltis, como en Italia 90. Un Mundial con muchas connotaciones para nuestro corresponsal en Argentina, que lo vive de manera especial. Un editorial distinto, desde el corazón...

"Era una locura, pero un lindo desafío, que NOSTRESPORT esté al día de la información que acontece en un Mundial de fútbol. Pero como todo el mundo quiere jugarlo, yo también. Por eso me sume a esta locura, a pesar de las dificultades. No fue perfecto, de hecho sigue sin serlo. Pero no escatimé en esfuerzo. El mundial es un sueño… y quise cumplirlo, de cualquier manera.  Si Dios quiere no será el último, y sólo es el primero. Espero.

Seguramente la mayoría lo sabe, soy un argentino con mucho esfuerzo trato de informar para NOSTRESPORT a la distancia, desde Buenos Aires, cuando toqué puerto en Valencia durante el verano de 2011 y me traje la capital del Turia hasta Buenos Aires. Quizá me delate mi estilo de escritura, a pesar de que siempre intenté acoplarme a la pluma ibérica. Me tocó cubrir a España durante la Euro 2012 y la Copa Confederaciones 2013 y me puse su elástica. Por sangre (mis bisabuelos eran de Pontevedra), por cercanía (amigos y compañeros) y por estilo me encolumné detrás de La Roja. Me alegré con sus logros, y defendí a muerte el fútbol que pregonó España. Siempre me pareció un triunfo del verdadero fútbol que le gusta a la gente. Quizá haber conocido al entrañable “Manolo el del Bombo” y el cariño que me demostró en tan pocos minutos frente a Mestalla hizo crecer ese cariño por España que habían despertado los otros factores. Muchos por allí me llamarían “Chaquetero” de manera despectiva y hasta un amigo y colega, gracias al cual yo desembarqué en el diario se reiría en este momento. Yo nunca lo tomé como algo despectivo, de hecho mi amor por el fútbol es tan grande que no quiero ni puedo quedarme con una camiseta.   

Lo mismo sucedió en este mundial. Me tocó sufrir la goleada, la eliminación y me enfadé con los detractores de la Furia como un aficionado más. Me dolió la eliminación del campeón y que no pudimos ir más allá con el seguimiento de España en este Brasil 2014, contando con un fotógrafo como José Luis Pérez en Brasil, a pocos kilómetros de mi casa. ¿Pero qué hay de la Argentina? Siempre me pregunta José Luis Silvestre, director del Diario.  Los que me conocen siempre se preguntan ¿Qué hay de aquel hincha de fútbol enardecido? Se lo ha devorado el periodista analítico, que trata de interpretar las jugadas y los momentos para poder explicarlo de la mejor manera a través de un micrófono o a través de un teclado. Esa es la explicación.

En este mundial por cuestiones profesionales, Argentina ha sido, siempre, un segundo lugar. Es decir, mi compromiso era con España, para el cual trabajo y me tocó resignar un poco al hincha de lado, aunque más de una vez algún compañero me supo reemplazar para que yo pudiera alimentar ese hincha argentino que hace rato tengo enjaulado. Es simple, como sucedió en la Copa Davis 2011 entre Argentina y España, tanto mi compatriota Matías Sartori como yo, cubríamos a España, aunque no dolió la derrota en la “Manita de la Armada”.

Ante Bélgica entre los nervios de ver a Argentina que se metía después de 24 años en las semis de un mundial, una amiga me veía parado frente a la TV y exclamó: “No puedo creer lo tranquilo que está”. Pero la tranquilidad es un don que a muchos nos es esquivo en algunos momentos. Como un pato en el agua, que parece transitar con calma sobre el agua, pero debajo no para de mover las patas.

Me limité, a escribir cada crónica una vez que cada partido de Argentina terminaba. Muchos, ante la mirada de familiares y amigos que conocen los gajes de mi oficio  lo tomaban con total normalidad. Pero Dios siempre te recompensa cuando las cosas se hacen como corresponde. Lo aprendí cuando tuve un regalo enorme de, luego de vivir la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid, Dios me regaló la posibilidad de ver uno de los mejores equipos de la historia. Al día siguiente estaba viendo al Barcelona de Pep Guardiola en el Camp Nou. Inesperado. Asistí con la camiseta de Argentina de Messi, a la cual le obsequie e un hermano allí en Valencia días más tarde como un embajador.  Aquella mágica noche de verano en 2011 en el Camp Nou, Messi (como si fuera un guiño de Dios) entró e hizo dos goles.  Mi maravilloso viaje finalizaría en la capital del Turia con muchos más alicientes de los imaginados. Pero esa noche majestuosa de Barcelona fue y será un regalo de Dios. Soy un hombre de devota fe, sepan disculparme.

Ya. Argentina está en la final. Otro regalo de Dios. Me siento honrado de escribir la historia, en lo que es (Si Dios lo permite y sigue bendiciendo mi camino) el primero de muchos mundiales. Dios me permita estar en Rusia. Pero antes de dedicarme a las líneas inevitables del análisis, la crónica, los antecedentes históricos y demás cosas, permítanme esto. Argentina, después de 24 años vuelve a jugar una final. Los mundiales son algo único para mí, desde los recuerdos idílicos de mi infancia sumamente feliz a esta responsabilidad de ser parte, (aunque sea de la más mínima), han pasado muchos. En cada uno de ellos, los he disfrutado como si fuera el último. Este no ha sido la excepción, pero desde un lugar distinto. Donde siempre quise hacerlo.

Mi primer Mundial fue Italia 90, yo era un crío de 5 años pero recuerdo todo. La última vez que Argentina llegó a una final. Recuerdo a Maradona, los penaltis de Goycochea. El álbum de cromos (al que aún conservo como un tesoro), la fiesta inaugural, la canción "Un verano Italiano" (La mejor canción de la historia de los mundiales) y al CIAO, la mascota del mundial. Pero cada Copa del Mundo recuerdo a mis abuelos, grandes culpables de que mi infancia haya sido perfecta e inolvidable. Esos que ya no están y que se hacen presentes (más que ausentes) y que te guían desde cielo. Eran los octavos de final. En Turin Maradona asistía mágicamente entre tantas camisetas amarillas para que Caniggia eludiera a Taffarel. Argentina le ganaba a Brasil 1-0 y avanzaba a Cuartos de final. Mi abuela me había hecho una bandera argentina  y corrí en la tarde fría de Buenos Aires agitándola una y otra vez. Con Yugoslavia aparecieron las manos de Goyco para avanzar a semis. Y el niño volvió a salir para agitar la “celeste y blanca”. Ante Italia en Napoles, las manos de Goyco y el ritual volvieron a cumplirse. Pero en la final no hubo un chico agitando la bandera. Veía a Maradona llorar recibiendo la medalla. La bandera no flameó. El penalti de Brehme no permitió el festejo.

La bandera estuvo frente a la TV desde Italia 90. Mundial tras Mundial. Hubo gente que, desgraciadamente por la ley de la vida, ya no estuvo más. No obstante, hubo festejos y lágrimas ante cada victoria y derrota. Pero el niño polaquito de flequillo rubio jamás volvió  a salir para ondear la celeste y blanca. Hubo otros festejos: abrazos con familiares, novias y amigos con camisetas de fútbol. Pero no volvió a repetirse. Hoy Argentina está en una final después de 24 años. La gente alrededor llora emocionada. Yo no puedo. No todavía. Llego a mi casa para sentarme frente al teclado y describir lo que pasó. Algo que siempre me resultó fácil. No puedo. Veo la bandera de Italia 90 frente a la TV y recuerdo todo. Las lágrimas salen, las palabras no. Necesito un minuto. Un minuto para dejar salir ese niño para que flamee la bandera una vez más, después de mucho tiempo. Como aquella tarde/noche de Italia 90, Romero se vistió de Goyco en San Pablo. Demasiado parecido. Siento que Dios me guiña el ojo. Mientras se me caen las lágrimas, espero que el chico termine su ritual y vuelva de agitar la bandera argentina, para que yo, pueda de una buena vez, ponerme a escribir… que Argentina, después de 24 años, está en la final".

Ezequiel Pernica, Buenos Aires, 9 de Julio de 2014.   

 

    

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