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Opinión | Jueves, 23 Agosto 2018 12:26

Con una brazada y después otra más

LLegada de Tita LLorens Cala Codolar, Ibiza, tras haber conseguido ser la primera persona en nadar sin neopreno de la península a Baleares LLegada de Tita LLorens Cala Codolar, Ibiza, tras haber conseguido ser la primera persona en nadar sin neopreno de la península a Baleares Foto: Siscu Pons
Recogemos la opinión de uno de los patrones que conformaron el equipo de Tita LLorens para conseguir su hazaña de ser la primera persona en cruzar a nado sin neopreno desde la península a Baleares. Una hazaña que la llevó a recorrer desde el cabo de Sant Antoni en Xàbia a Ibiza más de 100 kilómetros en 36 horas. El equipo esta formado por una embarcación con dos patrones, uno de los cuales, valenciano, nos deja su testimonio, además de por personal sanitario y kayakistas, entre los que se encuentra el marido de Tita, Sisco Pons.
Desde bien pequeño vengo cruzando este canal y siempre me recuerdo haciéndome la misma pregunta frente a la inmensidad de la mar: si alguien cayera en mitad de la mar y nadie se diera cuenta… ¿conseguiría por si solo y con mucho coraje llegar nadando a tierra firme?
 
Esa pregunta tuvo su respuesta en el 2006, cuando David Meca consiguió hacerlo y con ello entronarse en el Olimpo de mi ranking personal de deportistas con mayúsculas… la leyenda estaba escrita. Después las dudas fueron otras: ¿De qué esta hecha esa gente?, ¿en qué piensa esa gente?, ¿qué técnica utiliza para nadar esa gente? y, finalmente, la que creo que a todos, y sobretodo a los más descreídos, nos ha podido abordar alguna vez, ¿no será que hace trampas esta gente?
 
Así que más de una década después, por circunstancias y carambolas de la vida, me proponen enrolarme el año pasado en esta suerte de equipo como patrón de fortuna, no sin antes advertirme: “estos menorquines son muy suyos, y en concreto estos nadadores... creo que están todos locos”. Y efectivamente; bendita locura la suya. Y así es como conocí a esta familia de locos, frikis, enajenados adorables.
 
De aquella primera experiencia mía y segundo intento de Tita (en unir a nado sin neopreno la península y Baleares) poco os voy a contar más que sirvió para quitarme todas las dudas que me surgieron sobre la honestidad de las pruebas. No hay nada más que brazadas, brazadas, brazadas y más brazadas hasta sumar alrededor de 100.000 de ellas. No hay ni cuerdas que arrastren, ni un “subete que no miran”, ni un cógete al kayak, ni un sutil contacto con la embarcación.
 
Si algo he aprendido de este deporte y extrapolando lo que he visto en Tita y su equipo, es que la honestidad es divisa. Tita antes nadaría 10 kms de más, que pondría en entredicho su honestidad. Ni lo haría ella, ni lo permitiría ninguno de los miembros de su equipo. En esa travesía fallida también supe otra cosa, que si Tita acometía el reto por tercera vez, o llegaba nadando, o llegaba evacuada en un Helimer de Salvamento Marítimo.  Tita lo iba a dar todo, y todo en esta gente es todo. Y todo es mucho en una persona con esta determinación y esta capacidad de sufrimiento, pero todo es también una línea muy fina que separa la conciencia de la evasión mental.
 
Creo entender que la única forma que tiene una nadador ultrafondista de este tipo de acometer estas gestas es, además de llevar un entrenamiento disciplinado y espartano, lograr un estado mental muy próximo al de un monje shaolin, que consigue tal nivel de meditación, en el que su cerebro queda desconectado de su cuerpo y de todos los avisos que este le da en forma de fatiga, dolores, calambres, frio, picaduras. Es una suerte de hipoxia como la que lleva a los alpinistas a asumir perder extremidades por congelación por tratar subir 200m más de altura. Es conocido el mal de altura pero esta vez a nivel del mar.
 
Por eso es que este año, cuando me dijeron que Tita volvía a intentarlo y que contaban conmigo tuve un sabor agridulce. Feliz porque sabía que Tita no podría vivir mucho tiempo más con el mal sabor de boca que el mar le dejó el año pasado cuando, literalmente, no le permitió cumplir su sueño.  Orgulloso de que esta vez no fuera el patrón de fortuna sino alguien más en su equipo/familia, pero sobretodo asustado, muy asustado por esas “trentaimuchas” horas que sabía que se iban a hacer eternas cuando sabes que quien está en el agua sólo concibe una posibilidad: no parar de nadar hasta llegar o hasta la extenuación. Insisto, la extenuación en el caso de Tita no es la extenuación que conocemos el resto de personas...es algo tan próximo a la muerte, que solo un forense podría distinguirlo.
 
Y así empezó a escribirse la historia, un miércoles de julio, días después de una pequeña tormenta, en una ventana de meteo favorable y a las 7:12 de la mañana… sin mucho protocolo, ni previos, ni calentamientos, ni rituales de artista trasnochada.  Tita, como quien fuera a darse un baño matutino, se dirigió desde la plataforma del barco a un peñasco del Cabo de San Antonio y desde él se lanzó a nadar brazada tras brazada…
 
De las corrientes, las tortugas, los delfines, las mantas, los atunes, los peces luna, la noche, los avituallamientos, las guardias, de Es Vedrà dibujándose al fondo, de los kayakes, las olas, la inmensidad del fondo, las inyecciones de calmantes a flote sin tocar el barco, los sobaos empapados en agua de mar, la entrega de Siscu, su marido, la belleza de dos mujeres nadando juntas en el mar, Tita y Sofia, su fiel escudera, de Joaquín su delfín, de Toni su entrenador, observer y cerebro de Tita cuando este ha decidido ya dejar de monitorizar su cuerpo… de tantas y tantas cosas podría hablar, pero solo quiero hablar de una cosa: brazadas, brazadas, brazadas y brazadas. Brazadas sin truco ni cartón… de la sencillez y de la honestidad de una efímera brazada de un millón.
 
 
 

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