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Templos | Jueves, 29 Mayo 2014 16:18

El Centenario, prueba piloto para el inicio de una locura

El Estadio Centenario de Uruguay albergó la primera final de un Mundial de fútbol con una capacidad de 80.000 personas y se construyó en tan solo seis meses para lo que parecía una locura: el primer Mundial de fútbol. Luego se convertiría en uno de los espectáculos deportivos más importantes. 

El congreso realizado en Barcelona durante 1929 parecía arrojar un éxito descomunal, sin embargo la realización del primer Mundial de fútbol parecía lejana. Cruzar el atlántico no pdía considerarse épico, pero muchas selecciones dudaron a la ora de cruzarse de orilla y solo cuatro selecciones emprendieron la aventura: Yugoslavia, Belgica, Francia y Rumania. 

Sólo cuatro selecciones pudo convencer ese "Loco" de Jules Rimet, pensaban algunos. Y muchos hasta pesaron que estaba destinado al fracaso. Tres selecciones a bordo de un barco, y Yugoslavia a bordo de otro, llegarían a la costa oriental del Uruguay, que fue escogido como país organizador de "La Locura" debido a su tradición y sus dos medallas de oror en los JJOO de Paris 1924 y Amsterdam 1928 más los Sudamericanos 23, 24,25 y 28. 

¿Todo estaba listo? Su máximo estadio se había retrasado debido a las lluvias constantes durante las últimas semanas.  

Una vez comenzada la Copa solo Argentina y Uruguay caminaban a paso firme para reeditar la final de los Juegos Olpimpicos de Amsterdam. Yugoslavia dio el batacazo eliminando a Brasil y llegando hasta el tercer puesto. Las otras selecciones se quedaron en el camino. 

Con otra edición del clásico rioplatense, esta vez en un "Mundial", los argentinos decidieron cruzar "el charco" como ellos denominan al Río de la Plata, pero solo pocos pudieron llegar a tiempo a la final debido al retraso de los barcos que no salieron a causa de la intensa niebla. 

Con una clara localía uruguaya, Argentina no pudo sostener el resultado de 2-1 y cayeron 4-2 con un árbitro que fue demasiado casero como el belga John Langenius, que tuvo que huír al puerto debido a cómo se había calentado. Uruguay había inclinado la cancha y con esa famosa "garra charrúa" se había quedado con otra edición del clásico y con otro título de la mano de José Nasazzi. 

Con muchas cosas por corregir, una historia había comenzado. Todavía, hasta el día de hoy suenan los ecos de aquella final cuando el viento del Río de la Plata se acerca al Centenerio de Montevideo.   

 

 

 

   

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