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Templos | Miércoles, 25 Junio 2014 03:49

Un papelito por cada latido

El Antonio Vespucio Liberti, mejor conocido como el Monumental de River, albergó la final de 1978 en la que brilló Mario Alberto Kempes cuando convirtió los dos goles que le valieron la primera Copa del Mundo para Argentina. Un  día como hoy, el 25 de Junio de 1978, hace 36 años.  

El portero Carnevali había quedado postrado. Tras haber quedado fuera ante la poderosa "Naranja Mecánica" de Cruyff por goleada, Argentina necesitaba sumarse a la revolución futbolística que habían ideado Michels y los holandeses en el laboratorio del Ajax. Solo cogiendo el tren del "futbol total", los albicelestes podrían volver a jugar una final de un mundial como en 1930.

Entonces decidieron apostar por el técnico que había liderado una revolución futbolística a nivel nacional con el popular Huracan de Parque de los Patricios: Cesar Luis Menotti. Y como en todo mundial hubo discutidos, como la ausencia del juvenil que parecía ser el futuro del fútbol mundial, Diego Maradona del Argentinos Juniors o Ricardo Enrique Bochini del Independiente, quien ya habia conquistado varias Copas Libertadores con los Rojos de Avellaneda.

Un equipo repleto con figuras a nivel nacional encabezado por el astro del Valencia, Mario Alberto Kempes, el equipo se fue consolidando poco a poco ante la critica mirada del publico local en un ambiente incierto conforme los rumores de la desaparición de personas por parte del Gobierno Nacional y el denominado "Proceso de Reorganización Nacional".

Ante un desfile incesante de potencias futbolisticas europeas como Italia, Alemania y Holanda, la Argentina fue convenciéndose así misma y a sus aficionados, pasando por la famosa goleada a Peru en Rosario de 6-1 hasta llegar a la final en el Monumental en la fria tarde de Buenos Aires, donde la gente inundó de ilusión las calles y el Estadio de River y empujó a la Argentina a la gloria en tiempo suplementario con dos goles de Kempes y uno del Diablo Rojo Daniel Bertoni.

Aquella tarde inolvidable donde las calles de Buenos Aires estaban vacías, y donde hubo un papelito por cada latido.

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