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Reportajes | Jueves, 18 Febrero 2021 09:18

La pandemia que transformó a Corchete

Foto: Joan Struch Foto: Joan Struch

Luis Manuel Corchete vive estos días anestesiado por el éxito

Dice el alicantino que no le duele nada después de hacer 50 km el domingo, pero que cree que es por la euforia. Porque Corchete, un veterano marchador, ha logrado el mayor éxito de su vida, la marca mínima para unos Juegos Olímpicos, a los 36 años. “Yo, que soy muy sincero, he de decir que no esperaba conseguirla”, confiesa.

La mejor prueba de que no confiaba en lograr esta proeza es que ni siquiera sabía cuál era esa mínima para Tokio: bajar de las tres horas y 50 minutos. Pero estaba marchando tan bien durante el Campeonato de España de marcha en Sevilla que en un avituallamiento en el kilómetro 45 -solo ingirió dos litros de líquido con sales minerales en las casi cuatro horas de competición-, su mujer, la exgimnasta internacional Jennifer Colino, y su amigo José Fernández le dijeron que la tenía a tiro, que fuera a por ella. “Había entrenador mejor que nunca y confiaba en poder clasificarme para la Copa de Europa, pero lo de los Juegos ni me lo planteaba. A partir del kilómetro 35 o 40, donde está nuestro muro, me vi con más fuerza que en otras ocasiones y decidí seguir con el ritmo. Y en el 45 mi  mujer me dijo que podía hacer la mínima”.

Y la logró. Corchete, atleta del Atletismo Torrevieja, el club de su pueblo, cruzó la meta como subcampeón de España con un tiempo de 3h49:19. Un registro que, además, rebaja su marca personal y en más de diez minutos, pues su anterior plusmarca, el récord autonómico de 50 km marcha, estaba en 3h59:58 desde 2012.

El marchador no ha estado nunca en unos Juegos. Ni en unos Mundiales. Ni siquiera en unos Europeos. Sus grandes conquistas habían sido participar en la Copa del Mundo y en la Copa de Europa de su disciplina. Porque el marchador que brilló de sub 20 y sub 23, que logró acabar entre los diez mejores en un Mundial júnior (Kingston 2002) y en un Europeo júnior (Tampere 2003), no terminaba de cristalizar como absoluto.

Y así, dándose de cabezazos durante años, llegó a 2020. El Campeonato de España se disputaba en su territorio, en Torrevieja, y se preparó para coronarse en su tierra. Pero no pasó del quinto puesto. Ese resultado fue tan agrio que se rindió. Ya estaba bien. Tenía 35 años y creía que ya no quedaban balas en el tambor.

Pero entonces llegó la pandemia.

“Para mí, e igual está mal que lo diga, el confinamiento ha sido una oportunidad. La maldita pandemia, que tanto dolor ha causado, a mí me ha venido bien. Me compré una cinta de correr y empecé a cuidarme como nunca. Vi que se iban a posponer los Juegos y que eso era una nueva oportunidad para mí”, explica. Corchete dejó de lado la organización de eventos y comenzó a vivir como un monje. Dormir, entrenar y comer. Su mujer le acompañaba en la rutina de ejercicios de la mañana. Luego ella se ponía a dar clases on line de gimnasia y él se subía al tapiz rodante. Solo comían alimentos saludables y dormían lo que el cuerpo pedía, lo que necesita un atleta para descansar y recuperarse.

Cuando salió, ya era otro. En julio, se fue a la pista de Cieza, en Murcia, e hizo unos tests con José Antonio Carrillo, su entrenador y uno de los grandes gurús de la marcha en España. Los resultados fueron los mejores de su vida. “Batí mis marcas personales. Entonces decidí descansar en verano, aunque cuidándome igual: acostándome temprano, alimentándome bien, sin hacer tonterías… Y se me ocurrió hacer el Autonómico en Valencia para optar a una beca. Solo había hecho descanso activo y me metí veinte ‘pelados’ en el 5.000. Entonces le dije a Carrillo que iba a ir al Absoluto, y cogí una medalla (fue bronce en el 10.000). Y después, al Federaciones (fue segundo en el 5.000 tras Álvaro Martín)… Luego todo fue rodado”.

Esos resultados, su nueva vida, le estimularon de tal forma que en otoño empezó a entrenar muy motivado en Sierra Nevada. Luego se fue a Tenerife, al Teide. “Aposté fuerte por mi preparación. Todo a mi cargo, pagándomelo yo de mi bolsillo”. Cuando Corchete habla de su bolsillo. Habla del suyo y el de su mujer, pues él apenas tenía ingresos. Pero ella ni se lo pensó. Jennifer Colino fue una gimnasta notable -compañera del equipo nacional de Almudena Cid y Carolina Rodríguez- que se quedó sin unos Juegos Olímpicos -la Federación optó por Almudena Cid- y en 2007, harta de luchar contra el sistema y una lesión de espalda, se retiró. “Pasó a odiar la gimnasia, pero entonces yo le ayudé a reconciliarse y a crear un club con su nombre en Torrevieja. Y ahora es muy feliz haciendo eso”.

Quizá por eso, Jennifer se vuelca en ayudar a su pareja. Y va a su lado con el coche en los entrenamientos y le ayuda a hidratarse. Y le anima. Y le empuja a seguir incluso cuando pensaba en dejarlo para siempre. Por eso, cuando llegó ese kilómetro 45, le gritó que tenía su sueño, el sueño de la familia, a cinco kilómetros de distancia. “Y lo hice por los dos. La escuche y ya acabé en volandas”.

Atrás hay muchos años de sacrificio. Sus inicios en la escuela municipal de Torrevieja. Sus primeros entrenamientos serios con Dani Plaza en su pueblo, donde su hermano y su prima también practicaban la marcha. Su apuesta posterior por Josep Marín en el CAR de Sant Cugat durante ocho años. Donde conoció también a Mikel Odriozola y con él aprendió lo que significa sufrir en los 50 km. Y la vuelta a casa en 2009 para entrenarse con Carrillo. Entre semana en Torrevieja y los fines de semana en Cieza. Los años de penurias económicas que no le permitían pagarse una cama en Murcia y que le obligaban a recorrer cien kilómetros, entrenar la técnica con su maestro y otros cien kilómetros de vuelta. Las semanas de 190 kilómetros marchando en el canal, en su tierra, un camino asfaltado rodeado de campos de agricultores donde disfruta en invierno y se curte en verano. El lugar que acaba de descubrir el grupo de José Antonio Quintana y el que ha elegido estos días el noruego Havard Haukenes (cuarto en el Mundial de Berlín y séptimo en los Juegos de Río).

 

Y ahora, con la mínima olímpica en el bolsillo, se deshace en elogios hacia Carrillo, que ya encumbró a otros como Juanma Molina, Miguel Ángel López o Álvaro Martín. Y dice que no se ve como Chuso García Bragado -“es mi dios”, exclama-, pero que ahora sí que no piensa dejarlo. “Ahora no. A mí el 35 km me gusta. Y ahí está el ejemplo de Chuso, que es mi ídolo, pero lo suyo es irrepetible”.

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