En el fútbol, como acontece en otras esferas de la vida, el entrenador propone pero es el destino azaroso el que en ocasiones acaba disponiendo. La estrategia diseñada por Paco Herrera para tratar de domesticar a un Rayo Vallecano furibundo y desbravado en las últimas semanas se rasgó en mil pedazos apenas disputados los primeros veinte minutos.
Redacción | NOSTRESPORT.COM
En el fútbol, como acontece en otras esferas de la vida, el entrenador propone pero es el destino azaroso el que en ocasiones acaba disponiendo. La estrategia diseñada por Paco Herrera para tratar de domesticar a un Rayo Vallecano furibundo y desbravado en las últimas semanas se rasgó en mil pedazos apenas disputados los primeros veinte minutos. Zamora se quebró. El central tiró el balón fuera e inmediatamente cayó inerte sobre el césped de Castalia. Inmediatamente se retiró del terreno de juego. Omar entró como recambió. Paco Herrera tuvo que reestructurar no tanto el dibujo planteado como sí los inquilinos que concienzudamente había escogido. El centro de la zaga era un territorio espinoso tras los sucesos de El Arcángel de Córdoba. No estaban Dealbert ni Mora sancionados. Parecía cumplirse aquello de la ley de Murphy, pero elevado a la enésima potencia.
De un plumazo, Aritz se incrustó en el eje de la zaga junto a Pol. Mario regresó a la medular desde la mediapunta y en su lugar se clavó Omar. Proceso de reconversión obligado. Toda la semana ensayando con un estilo definido para mutar la naturaleza del discurso. Los hados del averno se cebaban con el C.D. Castellón. Daba la sensación que la dinámica del partido condensaba la dureza que puede llegar a mostrar la categoría de Plata. La Segunda División A es capaz de devorarte. Sólo aquellos que se adaptan a los contratiempos que van surgiendo pueden optar al éxito. Parece una sentencia bíblica, pero en realidad permite ilustrar el cariz que tomaba el enfrentamiento. Y los accidentes se sucedieron a una velocidad de vértigo durante el cómputo general del envite. El C.D. Castellón disputó varios partidos en uno. Tuvo un formato hasta la lesión de Juan Antonio Zamora y varió con la inclusión de Omar.
En ningún caso permutó su condición. El corazón del bloque albinegro es inasequible al desaliento. Los problemas se multiplicaron, pero no mermaron al colectivo. El grupo tiene coraje para sobreponerse y rearmarse. No puede negarse la decisión del bloque. El C.D. Castellón se arremangó y fue en busca de un nuevo triunfo en un día grande para la ciudad. Y lo rozó cuando el partido estaba en pleno declive. Fue un asedio constante, mientras el cronómetro impaciente descontaba con celeridad el tiempo, quizás apelando más al corazón que a los argumentos incontestables que surgen cuando decididamente se impone la lógica de la razón. El C.D. Castellón quiso la victoria aunque se encontró con un partido áspero. En cierto modo no lo eligió. No tuvo más remedio que aceptar los designios y hacer frente a los acontecimientos que se iban desencadenando. Fue un partido que define a la Segunda División; complejo y repleto de obstáculos.
Fue una cruenta batalla que propició que en muchos tramos del enfrentamiento el cuero estuviera excesivamente alejado de las áreas defendidas por Cobeño y Carlos Sánchez. Fue una constante. Dos equipos que defienden con fiereza impusieron su rocosidad. El Rayo creció a partir de una defensa marcial y ordenada. El C.D. Castellón se pertrechó con contundencia, pese a los cambios estructurales. No hubo vías de desagüe. Ni rendijas abiertas para los atacantes. Fueron muros pétreos y consistentes. Ningún contendiente anduvo cerca de la portería contraria. Y ningún adversario fue capaz de sujetar y decantar el partido. Nadie se adueñó claramente del choque, si bien el ímpetu albinegro se materializó en las cercanías con el minuto noventa. Antes tuvo que levantarse de nuevo tras la lesión de Zamora y sobreponerse a los problemas de Mario Rosas, uno de sus jugadores más determinantes.