Cuando el Villarreal estaba en la lona, casi exánime y al borde de un desenlace imprevisto, Pandiani volvió a desenfundar el rifle. Su gol valió tres puntos, oro a domicilio. Y ya son seis los que gracias a sus dos goles ha conseguido el Villarreal. Les costó mucho a los amarillos conquistar El Toralín, que mostraron dos caras bien diferentes en ambas mitades y no merecieron tan gran botín.
Pablo Ramón Ochoa | NOSTRESPORT.COM
Cuando el Villarreal estaba en la lona, casi exánime y al borde de un desenlace imprevisto, Pandiani volvió a desenfundar el rifle. Su gol valió tres puntos, oro a domicilio. Y ya son seis los que gracias a sus dos goles ha conseguido el Villarreal.
Les costó mucho a los amarillos conquistar El Toralín, que mostraron dos caras bien diferentes en ambas mitades y no merecieron tan gran botín. La Ponferradina se hizo grande por momentos en la segunda parte. Pero el golpe de calidad se impuso y Pandiani junto a un Juan Carlos heroico transformaron el padecimiento en una saboreada victoria final.
Comenzaba el partido como el entorno amarillo pedía a gritos que empezaran todos los anteriores. A mil por hora salieron los once jugadores del Villarreal, que esta vez sí aprendieron de sus errores. Julio Velázquez repitió la formación con un solo delantero, igual que en Sabadell, pero el equipo no era totalmente distinto.
La energía e intensidad con la que inició el Submarino Amarillo era proporcional al titánico esfuerzo de la defensa local por mantener a salvo su meta y resguardarse del huracán amarillo. Tan solo Cani no acertó al descifrar el código que Velázquez les transmitió antes de saltar al campo y salió pasado de revoluciones. Un pique con un rival de la Ponfe casi le cuesta irse a la ducha antes de haber podido siquiera tocar el balón.
No obstante, aquello quedó como mera anécdota y pronto se pasó a un monólogo ofensivo del Villarreal. Después de tres partidos en que el Villarreal arrancaba renqueante, sin poner la quinta marcha y dejando muchos espacios a la contra, la Ponferradina sufrió de lo lindo ante un Submarino que, para desgracia suya, había decidido despertarse en El Toralín.
Alrededor del décimo minuto de juego llegaría el primer aviso amarillo. Manu Trigueros, que fue de más a menos durante el partido, cedió un balón franco a Cani y éste remató al cuerpo de un Orlando que actuó de pared para desviar a córner. Mientras, la Ponferradina todavía andaba imaginando cómo sería tener la posesión. Aún no habían gozado de ella, y tardarían.
El acoso y derribo del Villarreal se hacía cada vez más serio y Julio Velázquez ya había entregado su carta de presentación al estadio local. Así quería que fuera el partido y mejor no le podía ir. O sí. Porque si algo le faltaba al Submarino Amarillo era llegar al clímax del fútbol. Y es que se emborrachó de ocasiones el Villarreal y, pasando los minutos, se daba cuenta de que el marcador continuaba en el 0-0 inicial.
La superioridad era abismal entre ambas escuadras. A años luz se encontraban en términos de calidad los jugadores blanquiazules de los amarillos, y las múltiples llegadas e interminable posesión del Villarreal así lo confirmaban.
Los hombres de Velázquez debieron adelantarse en el marcador en los primeros quince minutos, pero ni Mario, ni Joan Oriol –trallazo al larguero mediante-, ni Senna podían perforar la meta de un seguro Orlando, que protegió a su equipo sin dejar resquicios. A eso, se le añadió cierta permisividad en las faltas por parte del colegiado Arcediano Monescillo.
Se vislumbraba en el horizonte amarillo la recurrente y archiconocida frase hecha en el fútbol sobre el perdón de ocasiones. El Villarreal desechó una tras otra oportunidades claras de adelantarse en el marcador. Dada su superioridad, poco le importaba a los amarillos a corto plazo. A largo plazo, las tornas cambiarían. Nadie lo podía intuir.
Quiso el Villarreal demostrar quién era y qué quería, más que nunca, pero ni Cavenaghi consiguió culminar la bonita obra que el Villarreal estaba cuajando en El Toralín. Sólo faltó firmar, pero cuando el “torito” se dispuso a ello, el bolígrafo se le quedó sin tinta. Solo ante el portero para ejecutar al conjunto local, que estaba rendido a los pies del destino, el ex de River Plate echaba fuera en el 25 la que sería la ocasión más clara de los primeros 45 minutos.
Después de ello, el temporal escampó en Ponferrada y los bercianos pudieron salir de su cueva particular para respirar un poco de aire fresco. Les vino bien ver algo de mundo, porque aprovecharon para desperezarse y observar por primera vez que el Submarino no era intocable.
Exhaustos en ataque, los jugadores cometieron el error de dejar de atacar por unos instantes. Dejaron ver, como decíamos, la luz del sol al rival. En los instantes postreros de la primera mitad, el manchego Arcediano Monescillo ayudó a cerrar el círculo de la frustración castellonense. El árbitro, rondando el minuto 42, se interpuso entre Cavenaghi y el gol que había abierto la lata, anulándolo por presunta falta de Mellberg en el salto previo al remate. La grada de El Toralín se frotaba los ojos: la Ponferradina había logrado sobrevivir y conservaba un valiosísimo empate al descanso.
Cuando el juego reprendiese, todo daría un inesperado vuelco. Tanto por la diferencia técnica entre los contendientes como por lo visto en la mitad inicial, nadie esperaba que la Ponferradina saliera con el séptimo de caballería en el segundo período. Quizá fue el verse vivos lo que espoleó a los blanquiazules a mirar sin temor y con vista fija hacia la portería de Juan Carlos.
Los del valenciano Claudio Barragán, que habían avistado al área amarilla en apenas un par de ocasiones sueltas, desplegaron un arsenal oculto de recursos que sorprendieron a la teórica superioridad del Villarreal. Desdibujados, los de Julio Velázquez fueron desdibujándose cada vez más. El centro del campo no tenía gobierno -por difícil que pueda parecer que Bruno y Senna no cogiesen las riendas- y los locales desquiciaban a una defensa que tuvo una actuación inédita.
Mateo Musacchio, tan vital ante el Guadalajara, dejó al descubierto todas sus vergüenzas con continuas pérdidas de balón. Su mente parecía no estar en El Toralín. Por fortuna para el Villarreal, el dominio de la Ponferradina era igual de estéril que el que había disfrutado el equipo amarillo en la primera parte.
La afición berciana comenzaba a desesperar. Porque si bien es verdad que los suyos estaban dominando a todo un favorito para ascender y se habían rehecho después de darles prácticamente por muertos, su perdón era más decisivo que el del rival.
Contra las cuerdas, el Villarreal resistió porque su jugador más cuestionado, el portero Juan Carlos, decidió erigirse en villano local. Grogui, sin capacidad de reacción, el Submarino se encomendó a lo que el ex del Elche pudiera hacer. Y lo que hizo fue construir su mejor partido hasta el momento con el Villarreal.
Primero, tras evitar el gol local tras una doble ocasión con larguero incluido. Salvador estuvo el guardameta por numerosas veces. Providencial y sorpresivo a la vez. Era su día. Tenía el ángel de la guarda bajo palos, ya que cuando no podía hacer nada, ahí estaba la mala fortuna de Máyor y compañía para fallar lo infalible.
De todos los colores vio el Villarreal cómo su rival le dejaba respirar. El pulso de los visitantes, no obstante, era cada vez más débil, solo el desfibrilador podía salvar al paciente amarillo. Y Julio Velázquez sabía que tenía que actuar rápido en ese metafórico masaje cardíaco. La tabla de salvación se llamaba Walter Pandiani.
Otra vez y tras el arreón local, el “rifle” saltaba al campo mientras los bercianos le miraban con miedo. Sabían que llevaba muchos años en el oficio de desatascador. De partidos, se entiende. Solo llegaría el Villarreal una vez a terreno de Orlando en la segunda parte, pero le era suficiente al uruguayo. En un buen centro al área de Joan Oriol, Cavenaghi no llegó a rematar. Con la caña al hombro siempre preparada, Pandiani firmaría, picando el esfércio, la injusta sentencia de muerte de la Ponferradina, que había perdonado hasta perecer. Fue gol y lo celebró el Villarreal como agua de mayo.
Tras el tanto, allá por el minuto 75, volvió el repliegue total de los amarillos. No le afectó a la “Ponfe” verse por detrás y se lanzó a por lo que le quedaba: la búsqueda del empate. No tenían nada que perder y sí mucho descaro que ofrecer todavía. El oficio, no obstante, ayudaría a un Villarreal que se doctora a marchas forzadas en lo que a sufrimiento se refiere. Más de un tiempo muerto desearía haber pedido el equipo de La Plana Baixa.
Entre ese recién adquirido oficio y el monumento que piedra a piedra se autoconfeccionó Juan Carlos Sánchez, el Submarino Amarillo hizo de su portería un bastión inalcanzable. No fue porque los locales, mejores, no intentaran derribar la muralla, pero el duelo se acababa y el Villarreal contaba los minutos –y los segundos- hasta que se produjera su primera victoria lejos de casa de la temporada.
Un larguero y una mano celestial del otrora cuestionado Juan Carlos casi llevan al infarto a los pocos aficionados amarillos que acudieron a Ponferrada. Afortunadamente para ellos, todo se quedó en arritmia.
Los aparentemente interminables cuatro minutos de añadido los afrontó el Villarreal sin probar esférico y ante continuas acometidas de la Ponferradina. Aunque con algo de aire a equipo pequeño –que no debe tener el Submarino-, Velázquez consiguió su objetivo. El Villarreal era líder provisional de la Liga Adelante, con 10 puntos sobre 12 posibles, y el primer asalto ante los bercianos se había conseguido. El miércoles, el escenario será El Madrigal. Los equipos, idénticos. La posible venganza de los de Claudio Barragán será en Copa del Rey. El Submarino deberá tener el pulso muy firme. De momento, Vila-real sigue sonriendo en su semana de fiestas.
Ficha técnica:
Ponferradina: Orlando, Carpio, Samuel, Carlos Ruiz, Nano; Jonathan, Juande; Acorán, Máyor, Iván Moreno (Lafuente, 81’); y Urko Vera (Fofo, 72’).
Villarreal: Juan Carlos; Mario, Musacchio, Mellberg, Joan Oriol; Bruno, Marcos Senna; Cani (Lejeune, 89’), Trigueros (Pandiani, 58’), Jaume Costa; y Cavenaghi (Gerard Bordas, 83’).
MARCADOR: 0-1: Pandiani (71’).
ÁRBITRO: Dámaso Arcediano Monescillo. Amonestó a Jonathan (38’), Samuel (40’), Trigueros (48’), Musacchio (49’), Cani (75’), Pandiani (81’), Jaume Costa (86’) y Mellberg (90’).
INCIDENCIAS: Partido correspondiente a la cuarta jornada de Segunda División disputado en El Toralín, ante unos 6.000 espectadores.