El Guiseppe Meazza, estadio de Milán bautizado así en honor a la figura del Mundial de Italia 34, albergó al fiesta inaugural del segundo campeonato mundial que se realizaba en la península itálica. Recibián al campeón del 86, Argentina, pero ahí estaba Camerún, quien sería la revelación de esa Copa del Mundo.
Los de Maradona y Bilardo se presentaban diezmados por las lesiones a luchar por el título. Llegarían a la final con Alemania en el Olímpico de Roma, pero era seguro que no eran los mismos que habían levantado la Copa en el Azteca de México.
Argentina llegaba al Mundial de la mano de su genio particular y el mote de campeón, pero del otro lado se encontraron con Camerún. Un equipo que los superó en destreza física y los liquidó de contrataque gracias a la velocidad de sus delanteros.
Y así lo demostró Oman Biyik cuando se elevó por los aires y su marcador, Roberto Sensini tartaba de jalarlo al suelo. Los pies de Biyk se hallaban a la altura de las cabezas de los centrales Sensini y Simon, y el cabezazo fue letal para Nei Pumpido, quien se quedó obnubilado por la destreza del africano.
Más allá de alguna expulsión por juego brusco. En Camerún ingresó el viejo caballo de batalla, el veterano Roger Milla, que de contra demostraba con su velocidad que de viejo no tenía nada.
Camerún ganó y dio la sorpresa en aquel iuseppe Meazza e impuso el grito de que Africa puede, llegando hasta cuartos de final.